domingo, 3 de agosto de 2014

Crítica: One Chance

A menos de que estés hecho de piedra, hay ciertas arias de Puccini que son fisiológicamente casi imposibles de escuchar sin conseguir un nudo en la garganta. En One Chance, esa arma de la ópera se implementa con la puntería experta de David Frankel, conocido por The Devil Wears Prada y Marley & Me. El director nos cuenta, de una manera emocional, la historia real de la estrella de Britain's Got Talent, Paul Potts, con una película que, a pesar de ser totalmente predecible, es del agrado de toda la audiencia.

La actuación del tenor británico Potts, Nessun dorma, en el episodio debut de Britain's Got Talent en 2007 ha sido vista más de 115 millones de veces en YouTube. Ese nivel de exposición indica que la audiencia principal de la película ya sabrá cómo le fue al vendedor de teléfonos celulares de Gales del Sur en la última etapa del concurso y más allá. Pero Frankel y el guionista Justin Zachman tienen éxito en la formación de un material atractivo de una historia con un resultado predeterminado.


Esto es una sorpresa dado el historial de Zachman con la manipuladora The Bucket List, que él escribió, y The Big Wedding, una vergüenza que él también dirigió. Su guión para One Chance presiona todos los botones obvios en la singularidad, y sin embargo, tiene suficiente corazón genuino para mantenernos enraizados con el protagonista. Se nutre de la vena del cine británico como The Full Monty y Billy Elliot, en la que los personajes, golpeados por la adversidad y la disminución de la autoestima, se elevan por encima de la realidad de sus entornos, en este caso una pequeña ciudad industrial de Gales.

Gran parte del encanto de la película proviene de la actuación de James Corden como Potts. El actor es conocido por Gavin & Stacey y por su trabajo en The History Boys y One Man, Two Guvnors. Paul es un hombre con un corazón puro, aferrado a un sueño que muere y se regenera varias veces, y Corden juega con este material, potencialmente empalagoso, con el toque de luz ideal. Intimidado desde la infancia por su gordura y su amor por el canto, Paul presenta su vida como un drama sin fin lleno de música, violencia, romance y comedia. Su novia de Internet, Julie-Ann (Alexandra Roach), le da las agallas suficientes para ir a una escuela de ópera de Venecia, pero sus nervios lo traicionan en una clase magistral con su ídolo Pavarotti, cuya devastadora evaluación extingue la luz de Paul por un tiempo.


La depresión de Paul le provoca problemas con Julie-Ann, principalmente porque los convenios de los guiones dictan que es necesario que haya algún tipo de conflicto en el camino al matrimonio. El patrón de toda la cinta es que cada paso que se da adelante es seguido por una nueva desgracia que hacen a un lado las ambiciones de canto de Paul, pero su mayor obstáculo es la falta de confianza. Frankel sabiamente no se detiene en la experiencia de Britain’s Got Talent, que se recapitula usando clips reales del panel de jueces, sino que se centra más en el camino lleno de baches que llevó a Paul a los focos de la televisión. 

Aunque algunos detalles del pasado de Potts fueron cambiados, su vida familiar antes del matrimonio revela un apoyo incondicional de su alegre madre (Julie Walters) y de su quejumbroso padre (Colm Meaney), un obrero metalúrgico. Ambos actores son divertidos a pesar de una gran cantidad de pleitos que suceden dentro de la cinta. En términos de proporcionar comedia y contexto, los roles están bien dibujados, como lo demuestra el mejor amigo y cotrabajador de Paul en la tienda de celulares, interpretado por Mackenzie Crook.


Pero la relación que es clave para el éxito de la película es la que existe entre Paul y Julie-Ann, quienes logran una interpretación cautivante, llena de humor suave. Su primera reunión cara a cara, es uno de los episodios más hermosos del filme, impecablemente interpretado por ambos actores. Junto con la selección aleatoria habitual de canciones contemporáneas, One Chance está llena de magníficos fragmentos de ópera, incluyendo las voces del verdadero Potts que Corden logra sincronizar perfectamente con sus labios.

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domingo, 6 de julio de 2014

Crítica: Bajo la Misma Estrella

Lo más probable es que no quieras ver Bajo la Misma Estrella con alguien a quien quieras impresionar, ya que acabarás, ya sea en un río de lágrima o bien, con los ojos secos y convenciendo a la otra persona de que eres un psicópata. Esas son las únicas dos opciones. Este drama es una entrada destacada en un subgénero tristemente dominado hasta ahora en gran parte por películas como Love Story y las adaptaciones de Nicholas Sparks. Basada en la novela juvenil de John Green, la cinta logra trascender esas películas con una sólida dirección de Josh Boone (Stuck in Love), un guión de Scott Neustadter y Michael H. Weber (The Spectacular Now) que da en el clavo y un elenco casi perfecto.

Pero Bajo la Misma Estrella no es sólo una película para los adolescentes que buscan una conexión emocional más allá de SnapChat. Desde el principio, la protagonista Hazel Grace (Shailene Woodley) de 17 años de edad, se ve obligada por su madre (una absolutamente maravillosa Laura Dern) a asistir a un grupo de apoyo para niños que luchan contra el cáncer, y en medio de las historias inspiradoras conoce a Augustus Waters (Ansel Elgort) de 18 años de edad. Ellos aprecian inmediatamente el enfoque no siempre tan brillante y mutuo de vivir con la enfermedad. Hazel tiene cáncer en la tiroides, que ha establecido su residencia en sus pulmones y que la hace cargar con un tanque de oxígeno a donde quiera que vaya. Por su parte, Augustus está en remisión de osteosarcoma, pero el cáncer se llevó su pierna de atleta. Él cae rápido y duro por Hazle, pero ella insiste en ser solo amigos para no causar dolor a nadie más.

Los dos se vinculan gracias a su visión atípica de la enfermedad y por el gusto del libro favorito de Hazel, An Imperial Affliction. La película hace que admiremos a la protagonista por su ingenio e inteligencia al igual que lo hace Augustus. No debe sentirse revolucionario tener un personaje femenino joven así en una película como ésta, pero Hazel es refrescante, aunque sus intercambios con Augustus a veces se sienten demasiado guionizados y muy ingeniosos como para ser verdad. Los fans del libro estarán estar contentos con qué tan cerca la adaptación se ciñe a la historia original. Hay pequeños cambios que agilizan la narración, pero el corazón del libro late con fuerza en la pantalla. Con sus guiones anteriores para The Spectacular Now y 500 Days of Summer, Neustadter y Weber ofrecen miradas atípicas al joven romance, y Bajo la Misma Estrella encaja bien con eso, ya que cuenta una historia de amor no estándar con grandes personajes.

Esos personajes son a su vez reforzados por los actores que los interpretan. Woodley se está convirtiendo en una de las actrices ideales para heroínas atípicas y no recibe ninguna queja por parte de nosotros. Ella capta la fuerza y debilidad de Hazel igualmente bien, interpretando a un complicado e imperfecto personaje que cautiva bastante. También quedamos encantados por Elgort; si sus líneas fueran dichas por otros actores menos talentosos, podríamos solo haber girado nuestros ojos en lugar de suspirar, pero afortunadamente ese no fue el caso. Junto con los esfuerzos desgarradores de Dern como la madre de Hazel, la estrella de True Blood, Sam Trammel, realiza una increíble labor como el padre. A pesar de que no sale tanto a cuadro, es interesante ver lo que hace cuando no está rodeado de vampiros y hombres lobo. Como el único amigo de Hazel y Augustus del grupo de apoyo, Nat Wolff (Palo Alto) es ingenioso al comunicar sus emociones de manera clara a pesar de tener que usar gafas de sol a lo largo de la película debido al cáncer en sus ojos.

Bajo la Misma Estrella gana puntos por ser más compleja y estilizada que la mayoría de las películas parecidas. Muchas cintas con esta clase de audiencia son sentimentales y manipuladoras, pero el filme de Boone nunca se siente como si estuviera intentando demasiado fuerte ganarse nuestras lágrimas o, en alguna ocasiones, risas. Te hará sentir como si te hubieran golpeado en el estómago pero al mismo tiempo reconoce que puede haber humor incluso en las peores situaciones. Es una entrada superior a la media en el género, ampliando su audiencia más allá de sólo los adolescentes, los fans de la novela original y los amantes de un buen llanto.

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lunes, 23 de junio de 2014

Crítica: Transcendence

La mejor manera de describir Transcendence, el primer largometraje dirigido por el director de fotografía de Christopher Nolan, Wally Pfister, es pensar en ella como un complemento de la película de romance de una inteligencia artificial de Spike Jonze llamada Her. Ambas cintas se llevan a cabo en un futuro no tan distante, en donde la línea entre la tecnología y la conciencia humana se ha vuelto infinitamente delgada. En las dos, un protagonista humano se enamora de una entidad digital, cuyo estado ontológico no es muy claro: ¿es una persona, sin un cuerpo vivo, cuyos recuerdos, pensamientos y sentimientos son codificados como datos en una máquina, una persona? En ambas películas, las consecuencias de este intento de amar a través de la barrera hombre-máquina son imprevisibles, de largo alcance, y potencialmente destructivas para el mundo civilizado.

Transcendence no es tan elegante, ingeniosa o perspicaz como Her. Pfister y el guionista Jack Paglen lidian de manera pesada con los problemas éticos y filosóficos en la premisa de la película. En realidad, ésta comienza bien, con una historia de ciencia ficción bastante ambiciosa, hasta que llega el desarrollo sin sentido del último acto, donde el filme se cae a pedazos. Johnny Depp interpreta a un visionario tecnológico solitario de nombre Will Caster, quien junto a su brillante y amada esposa Evelyn (la esbelta Rebecca Hall) ha creado una supercomputadora de nombre PINN, la cual está conformada por un cuarto entero lleno de servidores y procesadores que intenta emular la conciencia humana.

Las únicas dos personas vivas lo suficientemente listas para entender esta tecnología son el neurobiólogo amigo de los Caster llamado Max (Paul Bettany) y su antiguo colega Tagger (Morgan Freeman), un guru de la inteligencia artificial en un laboratorio de ciencia por computadora. Mientras que los Caster están dando una plática sobre las emocionantes implicaciones del mundo real de sus avanzados descubrimientos, el laboratorio de Tagger es destruido y su equipo completo es asesinado en una ataque de un grupo terrorista dirigido por una rubia decolorada Kate Mara, a quien muchas reconocerán de House of Cards.

En un segundo y casi simultáneo, ataque terrorista, Will es rozado por una bala que ha sido mezclada con radiación, haciendo que le queden pocas semanas de vida. Evelyn, que trabaja para salvarlo por todos los medios necesarios, hace una propuesta desesperada como último recurso: antes de que Will muera, codificarán su función cerebral, incluida su memoria, sus emociones y su lenguaje, en los servidores de PINN, para que su conciencia pueda vivir después de que su cuerpo físico esté muerto.

Suena como a un buen plan ¿verdad? Sin embargo, como Victor Frankenstein puede atestiguar, usurpar el lugar de Dios como el creador de la vida tiene una manera diferente de funcionar a como uno pensaría. A sólo unos minutos después de entrar en línea después de su muerte corporal, Will, a primera vista sólo como una línea de texto en una pantalla de computadora, solicita acceso a la información sobre el sistema bancario mundial y las bases de datos educativas. Estas luces de alerta pasan desapercibidas por el éxtasis de Evelyn, cuya alegría de reencontrarse con su amado es tal que destierra a su colaborador, Max, cuando expresa su escepticismo sobre los motivos de cualquier cosa o persona que está haciéndose pasar por Will.

En la segunda mitad de la película, Evelyn, quien se convierte en una de las mujeres más ricas del mundo gracias a las artimañas de Will, se muda a un pueblo desierto llamado Brightwood para construir un recinto científico en forma de secta que albergará la siempre en expansión y ambiciosa conciencia de su difunto marido. Es en estas escenas en donde Pfister presume los efectos a gran escala que mostró en las películas de Nolan como Inception y The Dark Knight. Muchos de ellos son espectaculares para la vista y el motor de romance que mueve la cinta hacia delante no es ni insulso ni sentimental.


Dejando a un lado los elementos de ciencia ficción, Transcendence cuenta la historia de una mujer compulsiva atrapada en una mala relación con un hombre muy poderoso, una situación que puede influir en el drama incluso si el hombre en cuestión no evoluciona a la velocidad de la luz en una conciencia digital omnisciente. Sin embargo, los últimos 20 minutos echan todo a perder, ya que probablemente nos llevan más a territorio de Nicholas Sparks de lo que probablemente el director tenía planeado y derrocha mucha de la buena voluntad del espectador en el camino.

Transcendence plantea una pregunta más ominosamente que Her en el pasado y que muchos esperamos que futuras películas de ciencia ficción aborden: si tu amante virtual hiperconectado te puede observar a cada minuto mientras duermes, mientras conduces, comes a solas en una habitación con su imagen flotando en una pantalla ¿cuál es la diferencia entre la devoción y la vigilancia? Hubo un toque de terror psicológico en las escenas finales entre la Evelyn desencantada y el cada vez más controlante Will que hacen pensar que Pfister pudo haber tenido un muy buen thriller de ciencia-ficción con él. 


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miércoles, 4 de junio de 2014

Crítica: X-Men: Days of Future Past

X-Men: Days of Future Past no se siente como una película de superhéroes, al menos no en el sentido tradicional. Sí, hay escenas de acción, pero muchas están cubiertas con poca utilidad. Las batallas se convierten en masacres con los "chicos buenos" en el lado equivocado de la carnicería. Una bocanada del apocalipsis flota en el aire, lista para descender y borrar todo. No había sido desde The Dark Knight Rises que una película con personajes heroicos familiares tomara ese camino sombrío y poco convencional. Para reiniciar la franquicia de X-Men, el director Bryan Singer, quien dio vida a estos personajes en la pantalla grande hace 14 años, decidió elaborar una compleja y continua pesadilla, pero que al final resulta ser bastante efectiva.

X-Men: Days of Future Past corresponde más al género de ciencia ficción que al de acción sacada de un cómic. Las influencias de Terminator son inmediatamente obvias. Atrapados en un 2033 devastado por la guerra, los X-Men se enfrentan a la aniquilación provocada por los Centinelas, enormes criaturas de guerra creadas con un propósito: acabar con todos los mutantes y con todos aquellos que los ayuden. La Tierra se ha convertido en un campo de muerte gigante. Los X-Men, incapaces de derrotar a los Centinelas, colocan todas sus esperanzas en un último esfuerzo: enviar a uno de los suyos al pasado para evitar su creación. El único que podría ser capaz de sobrevivir a dicho viaje en el tiempo es Wolverine (Hugh Jackman) debido a sus poderes de regeneración, por lo que al final es él el elegido. 

Su mayor desafío demuestra que no solo debe detener al creador de los Centinelas, Boliver Trask (Peter Dinklage), sino reunirse con los Charles Xavier (James McAvoy) y Magneto (Michael Fassbender) de 1973 para trabajar juntos y salvar el futuro. En la mira se encuentra la cambiaformas de piel azul Mystique, a quien deben detener de matar a Trask para que los hechos desastrosos en el futuro no se lleven a cabo, ya que es gracias a su ADN que los Centinelas pueden transformarse a placer en cualquier mutante, lo que los convierte en seres prácticamente inmunes. Para Xavier, eso significa tratar de convencerla de no cometer dicho delito. Para Magneto, se traduce en simplemente matarla para evitar la catástrofe y para Wolverine, atrapado en el medio, la situación se vuelve cada vez más desesperante.

Sería justo categorizar la historia de X-Men: Days of Future Past como "densa". No es una de esas tramas que complace a la pereza intelectual. Los relatos de viajes en el tiempo, incluso aquellos que se rigen por un conjunto establecido de reglas, son siempre un reto. Hay batallas y escenas de acción en abundancia, pero, con excepción de una secuencia juguetona que ofrece un mutante veloz llamado Quicksilver (Evan Peters), la mayoría están impregnadas de un sentido de desesperación. No hay grandes momentos de triunfo heroico y la victoria viene de algo más existencial que de darle una paliza a un chico malo.

Tampoco existe un único villano que sea fácilmente identificable. En 2023, los Centinelas llevan el manto, pero son exterminadores implacables: máquinas sin alma o conciencia. En 1973, según el momento, se puede ver a Trask, Magneto, Mystique, o incluso a Xavier como el antagonista, pero todos tienen razones legítimas para su comportamiento. Trask busca la paz, Magneto lucha por la salvación de su especie, Mystique quiere venganza contra alguien que sacrifica a sus amigos y Xavier desea la liberación del dolor. También existe un mensaje dentro de X-Men: Days of Future Past. La creación y aceptación de los Centinelas representa el deseo de ceder la libertad por la seguridad y tiene consecuencias trágicas. Éste no es un mensaje único, sobretodo en películas de ciencia ficción, pero Singer hace un buen trabajo al transmitirlo sin llegar al sermoneo.

A este director, quien regresa a X-Men después de una ausencia de 10 años, se le dio la tarea de completar un reboot que inició con X-Men: First Class. Para lograrlo, tomó una página del manual de Star Trek de J.J. Abrams y usó el viaje en el tiempo y el concepto de multiversos, así como caras conocidas para brindar un poco de vinculación, como por ejemplo Hugh Jackman como Wolverine, Patrick Stewart como el Professor X e Ian McKellan como el Magneto de edad adulta. Para aquellos que sintieron que X-Men: The Last Stand fue una pobre salida para muchos de estos personajes, X-Men: Days of Future Past será capaz de calmar un poco la herida. 


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domingo, 1 de junio de 2014

Crítica: Maléfica

Como una combinación visual de Walt Disney, James Cameron y Arthur Rackham, Maléfica es uno de los espectáculos más notables de la actual época de efectos especiales por computadora, los cuales, para esta cinta, fueron creados por Robert Stromberg. Gran parte de la película se lleva a cabo en una tierra de hadas que gradualmente se transforma en oscuridad, mientras que el resto lo hace desde un castillo corrupto que parece salido de Game of Thrones.

Sin embargo, el efecto visual más grande y eficaz en Maléfica es la sarcástica Angelina Jolie en el papel de la protagonista, quien actúa como una hada traicionada y vengativa que seguro impresionará a todas las chicas adolescentes que la vean. Sí, su escultural figura y rostro reconocible fueron mejorados con la magia digital. Sus pómulos reales, aunque impresionantes, no son tan exagerados y el brillo verde en sus ojos es artificial, además de que tampoco tiene cuernos en la vida real. Sin embargo, la majestuosa postura, el dolor interiorizado, el orgullo herido y el acento inglés combinado con la pantomima de la villana, todo ello es propio de Jolie.

Muchos críticos están otorgando calificaciones mediocres a Maléfica y entiendo perfectamente por qué. La película es un revoltijo estilístico, en donde casi todo lo que contiene se asemeja de una u otra manera a las numerosas cintas y series de televisión de fantasía de los últimos 15 años. Pero la audiencia a la que Disney se está enfocando con este filme no son los periodistas de mediana edad, sino las chicas que están en una etapa temprana de la adolescencia, e incluso novios, padres y hermanos, quienes disfrutarán de una fábula ligeramente subversiva de venganza y solidaridad femenina. 

La veterana guionista de Disney, Linda Woolverton, tiene una mano experta en este género y tipo de audiencia; al fin y al cabo, ella fue quien escribió Beauty and the Beast, The Lion King y la adaptación de Alice in Wonderland de Tim Burton. Pero esta película se siente especialmente como una labor de amor. Es fácil criticar a la casa de Mickey Mouse por sus crímenes ideológicos y estéticos durante décadas, pero en la era de John Lasseter, las películas de Disney han hecho un esfuerzo concertado para representar a los personajes femeninos desde una perspectiva diferente, convirtiéndolos en protagonistas de sus propias historias en lugar de inocentes y virginales amas de casa o intrigantes brujas. No me malinterpreten, Blancanieves es un gran largometraje y un hito en la historia de la animación, pero ¿qué es lo primero que ella hace cuando se muda a casa de los enanos? Lavar los platos.

Maléfica se aleja totalmente de eso. Interpretada como una niña por Isobelle Molloy y después por Ella Purnell, ella comete el grave error de enamorarse profundamente de un chico llamado Stefan, proveniente del reino humano contiguo, el cual está plagado, por supuesto, de corrupción y mentira. Esta acción no termina solo en angustia, sino también en un terrible acto de traición, una violación metafórica que oscurece repentinamente el humor de la película. Hay muchas maneras de interpretar lo que sucede entre Stefan y Maléfica: por un lado, las personas aburridas pueden reclamar que esta película enseña a las niñas a odiar y temer a los niños, mientras que otras (igualmente aburridas) pueden verlo como un argumento a favor de la castidad. Una tercera lección mucho más simple también está disponible: las niñas no deben sacar su autoestima de los niños y las promesas de amor verdadero, a pesar de ser seductoras en el momento, no son de fiar. 

Después de cometer este terrible acto, Stefan llega al trono de su reino y tiene una hija; como muchos podrán recordar de narraciones anteriores de la historia, Maléfica aparece sin ser invitada en el bautizo con un regalo inesperado. Sabemos a dónde va todo esto, o al menos lo hacemos en su mayoría. Pero Jolie domina cada escena en la que aparece, incluso cuando la historia revierte la fórmula, ya que el guión de Woolverton tiene algunos trucos bajo la manga. Es perfectamente cierto que Elle Fanning impresiona poco en el papel de Aurora, al igual que Sharlto Copley, el rey Stefan, o incluso el mismo trío de hadas cómicas (Lesley Manville, Imelda Staunton y Juno Temple) pero ninguno de ellos es el verdadero héroe o villano de la trama.


Las palmas de la película se las lleva Jolie y a pesar de que Maleficent sí falla en varios aspectos, al final es una aventura amigable que sugiere que a veces el amor puede convertirse en una trampa, pero su principal lección nos dice que las familias que construimos y descubrimos mientras crecemos pueden ser mejores, en algunas ocasiones, que incluso aquellas en las que fuimos criados. 


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jueves, 29 de mayo de 2014

Crítica: Godzilla (2014)

Godzilla se ha encargado de destruir Tokio, hacer el ridículo en Nueva York y asociarse con un lindo compañero para una serie de dibujos animados que es mejor olvidar. Ahora, el enorme y verde reptil recibe un tratamiento 3D de enorme presupuesto cortesía del director británico, Gareth Edwards, quien impresionó a varios con su película de ciencia ficción y drama, Monsters, en el 2010.

Si todo lo que necesitas para pasar un buen rato gira en torno a criaturas realizadas por computadora que voltean a la cámara para dar un rugido estremecedor, entonces estás de suerte; de lo contrario te encontrarás bastante decepcionado con esta nueva película, la cual inicia con fuerza gracias a varias escenas inquietantes de pruebas nucleares en el Pacífico, seguidas de una secuencia trágica en una planta de energía que hace eco de la cinta original de 1954 tras la angustia atómica de Hiroshima.

Avanzando 15 años en el futuro, nos encontramos con el ingeniero en jefe Joe (Bryan Cranston) obsesionado con las teorías de conspiración sobre el accidente, mientras que su distanciado hijo Ford (Aaron Taylor-Johnson) trata de traer a su padre de vuelta a la realidad. Pero entonces, algo se agita en las profundidades.

Edwards prueba que es un genio absoluto cuando se trata del diseño de criaturas. El propio Godzilla es grueso, táctil y agradablemente anticuado, sobretodo en comparación con la versión de Roland Emmerich de 1998, mientras que sus adversarios, como el alado insectoide Muto, son deliciosamente grotescos. Pero en su manejo de la narrativa parece no estar tan seguro de sí mismo: después de un par de escenas de acción, Godzilla se asienta como una película sencilla de persecución a través del Pacífico bastante estándar, con los monstruos viajando de Japón a Honolulu y, finalmente, a San Francisco.

El guión es poco original y extrañamente sin sentido del humor, y la caracterización es débil: los actores, como Ken Watanabe y Sally Hawkins, solo se encargan de abrir la boca de asombro y parlotear sobre diferentes ideas para hacer frente a las criaturas, mientras que un desabrido Taylor-Johnson es colocado incorrectamente como el héroe de mandíbula cuadrada del filme. Siempre es divertido ver monstruos escamosos y gigantes del tamaño de un rascacielos arrasar con la civilización, pero algo de drama un poco más humano hubiera sido bastante bienvenido.

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lunes, 19 de mayo de 2014

Crítica: Non-Stop

Non-Stop (Sin Escala) es un thriller de acción que realmente hace honor a su nombre. En la década de los 50, su estrella pudo haber sido Edmond O’Brien, un actor americano quien tuvo algunos roles protagónicos, como el de aquel hombre envenenado en D.O.A. que luchaba contra el reloj para encontrar a su asesino en un ambiente creciente de desesperación. Liam Neeson crea un circuito frenético similar en Non-Stop, interpretando a un agente aéreo que intenta ser más listo que un criminal que promete matar a un pasajero cada 20 minutos en el vuelo en el que ambos se encuentran.

Al inicio de la película, la imagen de Neeson mezclando un trago mañanero en su camioneta con un cepillo de dientes, nos recuerda al piloto alcohólico de Denzel Washington en la película del 2012, Flight. Sin embargo, el personaje de Neeson, Bill Marks, es un poco menos complicado. Él es un policía aéreo con un pasado aparentemente triste y una cara flácida, con una conducta que indica una constante angustia. Lo que complica esta bebida mañanera es que cuando el director, Jaume Collet-Serra, se detiene en el rostro de Neeson, hay una clara invitación a especular sobre si la inquietante mirada del actor viene de su actuación o de su vida.

Al poco tiempo, Bill comienza a moverse, dando un paseo por el aeropuerto, perfilando los posibles problemas e instalándose en una de las clases más elegantes del avión. Al momento en que las señales de abrocharse los cinturones de seguridad se prenden, el señor Collet-Serra se encarga de introducir, de manera eficiente, a un puñado de caras conocidas, incluidos los héroes y villanos potenciales, como por ejemplo a Julianne Moore, Corey Stoll, Michelle Dockery, Scoot McNairy, Lupita Nyong'o, Linus Roache y Shea Whigham. Se trata de un conjunto de razas bastante variado que funciona de manera eficiente, especialmente porque expande las opciones narrativas.

Bill no es un héroe predecible, al menos inicialmente, sino más bien un humano palpable y poco fiable que sacude el miedo durante el despegue y luego se encierra en el baño para poder fumar gracias a que coloca cinta adhesiva en los detectores de humo. También disfruta del alcohol como un hombre que muere de sed, delatando una lucha por el control de sí mismo y de lo que sugiere un mundo de dolor.

También se le nota demasiado inquieto para ser un tipo capaz de portar un arma, que se suma a la sensación de inquietud una vez que empieza a recibir mensajes de texto de alguien que amenaza con matar a los pasajeros a menos que deposite 150 millones de dólares en una cuenta en específico. Bill comienza a planear estrategias, pero mientras él parece bastante capaz, al mismo tiempo es un manojo de nervios muy susceptible que hace que su estado de salud mental sea una especie de misterio secundario paralelo.

Escrita por John W. Richardson, Chris Roach y Ryan Engle, Non-Stop funciona mejor antes de que sus secretos sean revelados. Collet-Serra, quien también dirigió a Neeson en Unknown, crea un ambiente sobrio y un ritmo rápido de manera temprana. Pero también arroja un poco de comedia, para que de este modo, la inherente claustrofobia del escenario no se vuelva tan opresiva de inmediato. Las paredes metafóricas necesitan cerrarse lentamente y no de golpe. El desarrollo de la trama, con el zigzagueo implacable de Bill a lo largo del avión y el trabajo ágil de la cámara, crea tanto ímpetu que pronto te olvidas qué tan cerrado es el espacio, aunque Collet-Serra nos lo recuerda en varias ocasiones, como en una pelea a muerte en uno de los sanitarios.

En muchas escenas, Non-Stop no tiene ningún sentido, pero eso es de esperarse. Mucho se ha escrito sobre la sorprendente resurrección de Liam Neeson como un viejo héroe de acción, que en algunas ocasiones ha sido más gratificante en lo teórico que en lo cinematográfico. Sin embargo, Collet-Serra cumple esa promesa con un género seguro y real adjunto al sentimiento que Neeson lleva a la pantalla grande en esta etapa de su carrera, con ese cuerpo aún imponente que se mueve con la pesadez y grandeza de un antiguo guerrero levantando su espada por última vez. 


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martes, 22 de abril de 2014

Crítica: The Amazing Spider-Man 2

La necesidad es la madre de la invención y es por eso que la película The Amazing Spider-Man de Marc Webb que salió en 2012, a pesar de sus buenas ganancias y gran elenco, se sintió tan superficial. Reiniciar la famosa franquicia de Marvel solo cinco años después de Spider-Man 3 de Sam Raimi no era algo que en realidad fuera necesario y la rápida salida de The Amazing Spider-Man 2 no encuentra solución a esa redundancia, aunque acrobáticamente gira suficiente sonido y furia para distraernos de ese dilema, con una gran química entre Andrew Garfield y Emma Stone deleitándonos una vez más.

Continuando la investigación de Peter Parker sobre la sombría historia de su familia, al mismo tiempo que enfrenta a dos villanos, esta nueva aventura atraerá a la suficiente audiencia para justificar la reluctancia de Sony a renunciar a esta propiedad creativa fuertemente urbanizada. Quizás, una razón por la cual la compañía decidió regresar a la fuente en lugar de crear una tercer secuela de la serie creada por Raimi, es porque el origen de la historia de Parker es emocionalmente convincente de una manera que no puedo ser repetida. La transformación de un tímido y torpe adolescente en un ser sobrenatural y el juvenil sentido de propósito que él encuentra en sus poderes recién adquiridos, forman un arco en la historia más rico y limpio que cualquier densidad narrativa que alguna secuela pueda brindar. La fabulosa Spider-Man 2 de Raimi que salió en 2004, giró en torno a esa premisa al complicar el romance clave y al introducir un enemigo verdaderamente carismático: el Doctor Octopus. 

Escrita por un equipo de cuatro guionistas, The Amazing Spider-Man 2 es menos exitosa, a pesar de un desarrollo crítico del tercer acto que trastorna el aparente status quo del renacimiento de la franquicia. Aunque juega de nuevo con un encanto áspero y con el humor tonto de Garfield, Parker entra y sale de la película como un implacable e ingenioso combatiente del crimen con poco desarrollo en el medio. Además, su desconfianza fue reemplazada por una hábil labia e incluso el copete de su cabello es un poco más alto.

Mientras tanto, su relación con la intelectual Gwen Stacy (Emma Stone) se quiebra y se repara a sí misma una y otra vez, ya que sufre del agobio por la promesa que hizo a su difunto padre (Denis Leary) de que la dejaría sola por razones de seguridad. Su investigación en curso sobre la muerte enigmática de sus padres (algo que se revela en el prólogo de la cinta) lo hace descubrir cosas que incluso los espectadores más atentos no hubieran podido deducir a partir de la primera película, sobre todo teniendo en cuenta que los malos procederes de la mega corporación Oscorp ahora se han establecido.

Con Gwen y la tía May (Sally Field) soportando en silencio las heridas psicológicas de las muertes recientes de su familia, el tratar de seguir adelante sin importar qué para ellas parece ser uno de los temas emocionales subyacentes de la historia, así como su razón de ser comercial. Por otra parte, la ciudad de Nueva York de la película aparece magullada debido a los acontecimientos criminales del filme anterior, y cada vez es más dependiente del todavía enmascarado Spider-Man, quien sirve como complemento a la fuerza policial. Este énfasis en la necesidad de heroísmo en la sociedad contemporánea recuerda mucho el subtexto reaccionario post-9/11 de las películas de Batman de Christopher Nolan. 

La amenaza más inmediata para el bienestar de la Gran Manzana llega en la forma inverosímil de Max Dillon (Jamie Foxx), un empleado de Oscorp ultra fanático de Spider-Man que, a raíz de un accidente de laboratorio que implica un fusible flojo y un depósito gigantesco de anguilas eléctricas, muta en el iridiscente Electro. Es un antagonista complicadamente concebido, aunque el naturalmente dinámico Foxx nunca parece cómodo con la caracterización del personaje. Después de un enfrentamiento de alto voltaje en Times Square contra nuestro héroe, que seguro representó un reto par el equipo de efectos especiales, se observa que él es poco más que un acto de calentamiento para la maldad más serpentina de Dane DeHaan como el heredero de Oscorp (y amigo de la infancia de Parker), Harry Osborn.

Reintroducir al personaje de Osborn (interpretado por James Franco en las películas de Raimi) podría parecer otro movimiento inseguro por parte de la posible escasez de ideas de los escritores, pero en realidad es un retorno ordenadamente guionizado. Sus gestos faciales y vocales evocan a un joven Leonardo DiCaprio y el actor lo interpreta con la misma astucia que a Lucien Carr en Kill Your Darlings. La promesa de su presencia continua es la principal razón para anticipar la ya programada The Amazing Spider-Man 3


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lunes, 31 de marzo de 2014

Crítica: All is Lost (Todo Está Perdido)

En su debut en el cine con Margin Call, el director y guionista, J.C. Chandor, logró juntar un gran elenco, enclaustrándolos en las oficinas de un banco de inversión durante las turbulentas 24 horas previas al inicio de la crisis financiera de 2008. En su segunda película, Chandor hace algo radicalmente diferente y más valiente. Prácticamente no hay diálogo en All is Lost, ya que toda la cinta está ambientada en mar abierto y sólo hay una persona en la pantalla, Robert Redford, quien interpreta a un personaje cuyo nombre nunca conocemos.

Obviamente es una persona de dinero, ya que se encuentra navegando en su gran yate a lo largo del Océano Índico en lo que aparentemente son sus vacaciones. Hay indicios de que una familia le espera de regreso en cualquier lugar que él llame hogar y está claramente bien educado. Sin embargo, una mañana, un contenedor de transporte perdido en el mar embiste a su bote, inundando la cabina y cortocircuitando los controles de navegación.



Ésta es sola la primera de una serie de desgracias por las que pasará nuestro protagonista. El clima se ha tornado en su contra, al igual que su costoso equipo de seguridad. Las reparaciones improvisadas que realiza no son suficientes y de paso, algunos tiburones toman nota de su presencia. Sólo las estrellas en el cielo nocturno cooperan, ayudándolo a dirigir su barco que se hunde hacia aguas más pobladas. Pero brillan sobre él, impasible, indiferente a su suerte. Sólo nosotros, los espectadores, somos testigos de su dilema.

Y después de un rato, nos comenzamos a aburrir. Las metáforas y alegorías en All is Lost están escritas en letras de neón parpadeante - durante siglos, los artistas han utilizado el mar como escenario de cuentos de supervivencia - y existe la innegable presencia de Redford, que no actúa tanto en las películas de hoy en día sino que lleva el tipo de presencia a la pantalla y el legado cinematográfico que apenas existe en Hollywood. 

Redford hizo la mayor parte de sus escenas de acción en All is Lost y es capaz de transmitir emociones y pensamientos innumerables con sólo un puñado de palabras - esto es un rendimiento físico de primer orden destinado a atraer a un montón de premios. Chandor muestra un dominio de su oficio, algo que en Margin Call sólo insinuó, con el sonido. el silencio, la luz y la oscuridad en formas que transmiten un gran talento en crecimiento.

Pero al final, la película sigue siendo una vaga curiosidad. A diferencia de Gravity, que tuvo un escenario similar y se infunde con un gran espectáculo, después de un rato, All is Lost empieza a sentirse repetitiva. No importa cuántos detalles específicos ofrece (por ejemplo, cómo hacer bebible el agua de mar), nunca te sumerges en la difícil situación de este hombre. Sí, lo estudias, pero no te preocupas por él, ya que nunca llegas a conocer su trasfondo. Es como si fuera un símbolo y no una persona - una realización del instinto humano por sobrevivir - y aunque la cinta es intrigante en un nivel intelectual, Chandor nunca supera el artificio de su osada creación. All is Lost es más divertida cuando solo se ha visto el trailer; es un testamento de un gran actor y una pieza experimental de cine que nos hace apreciar lo grande qué son otras películas del estilo como Life of Pi


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lunes, 24 de marzo de 2014

Crítica: Labor Day (Aires de Esperanza)

Labor Day es un romance cruzado que nos muestra a Kate Winslet en el papel de Adele, una depresiva madre soltera de New Hampshire en el año 1987, a Gattlin Griffith como su protector hijo de 13 años de edad, Henry, y a Josh Brolin como Frank, el varonil pero sensible prisionero que logró fugarse y que los toma como rehenes. En el transcurso de un largo fin de semana, Frank se enamora de Adele. Estas dos almas frágiles y dañadas, encuentran sustento entre sí, mientras que un muchacho confundido mira y narra la historia en la voz adulta de Tobey Maguire. La película es una experiencia sombría, pero si la ves con el lado derecho de la mente, se convierte en el placer culposo de la temporada.

Después de convertir en rehenes a Adele y Henry en el supermercado local bajo la amenaza de violencia, Frank pasa los primeros días haciendo reparaciones en torno a su casa, limpiando las canaletas y preparando los mejores bísquets que hayan probado. También cocina un pay de durazno e instruye a la madre y al hijo en el arte de la repostería. El punto culminante, por así decirlo, viene cuando Adele sostiene la capa superior del postre con la mano temblorosa y Frank le ordena, con autoridad sexy, a "poner un techo en esta casa." Es como la escena de la cerámica en Ghost, solo que diferente. 

Esta historia llega a nosotros gracias a Jason Reitman. Algunas de sus películas previas son Thank You for Smoking, Juno, Up in the Air y Young Adult, y con su nuevo filme, una adaptación de una novela de Joyce Maynard, trata de crear una cinta entera y sin ironía. La seriedad es un lenguaje extraño para él y lo demuestra con frialdad. Labor Day es el intento de un talentoso cineasta de rediseñar una película de Nicholas Sparks: Reitman la separa, examina las piezas y las pone de vuelta de manera errónea. 

Hay espacios en esta película que el director llena con momentos cinematográficos ácidos, y el vacío sólo invita a la risa nerviosa de la audiencia. Mientras Griffith tiene poco que hacer mas que mirar con incomprensión silenciosa, algo en lo que sobresale, Winslet y Brolin son profesionales y un placer razonable de ver. Brolin especialmente te convence de la mansedumbre y la decencia de Frank en la cara de ese desafortunado convicto acusado de doble homicidio.

Winslet reina en las emociones de su personaje y los resultados a veces son conmovedores, pero es solo cuando Adele se suelta con un poco de baile de sala lo que hace que la actriz toque en las pasiones más grandes e inherentes a esta historia. Labor Day se entrega a manera de flashbacks, a veces llegando al punto de la incoherencia, pero aunque cosas horribles suceden en esas escenas, éstas se presentan con la mayor discreción posible. La película es esa paradoja inviable, un melodrama de buen gusto.

Afortunadamente, hay algunas compensaciones. En la última media hora, mientras los tres planean escapar a Canadá mientras el mundo exterior se les viene encima, la película estalla con un suspenso existencial y la pareja de amantes ignorando lo obvio. El clima de New Hampshire, frío y húmedo, de finales de verano es correctamente capturado y añade parte de tensión; la película fue filmada mayormente en Massachussets, en pequeños pueblos como Acton y Shelburne Falls. Los actores de reparto tienen sus propios placeres: Clark Gregg interpreta al padre despistado de Henry y Brooke Smith y J.K. Simmons hacen de vecinos entrometidos, aunque su aparición es realmente breve. 

Otra línea de la historia que no llega a ningún lado implica la amistad e intermitente romance de Henry con una joven llamada Rachel (Elena Kampouris), una nueva chica en la ciudad que solo sabe hablar de las cosas horribles que los padres divorciados hacen a sus hijos. Con su pelo andrajoso, ojos anillados y un aire natural de superioridad, Rachel aparece como una menor de edad adicta a la metanfetamina muy culta. De hecho, ella parece haber llegado de otra película totalmente diferente, una del propio Jason Reitman. 


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domingo, 9 de marzo de 2014

Crítica: 300: Rise of an Empire

Roma no se construyó en un día, pero quizás esta secuela sí. Increíblemente filmada y pobremente escrita, 300: Rise of an Empire tiene todo el estilo visual de su predecesora de Zack Snyder. En ella, Eva Green comanda una flota naval y desnuda su ombligo por igual. Interpretando a Artemisia, una huérfana griega adoptada por el conquistador persa Darío (Igal Naor), y por lo tanto la hermanastra de su hijo psicópata Jerjes (Rodrigo Santoro), Green está en el lado equivocado de una brutal campaña que se libra contra sus compatriotas por un Jerjes ahora adulto. Ella es ostensiblemente la villana de la película y un montón de griegos mueren por su mano ágil.

Definitivamente es mucho más atractiva que nuestro héroe, el barbudo griego Temístocles, interpretado por el joven actor australiano Sullivan Stapleton. En la original película de 300, Gerard Butler interpreta a una figura regia como el líder espartano Leónidas, pero Stapleton no acaba de tener suficiente presencia bruta para poder comparársele. De hecho, los fans de 300 pueden sentarse esperando un cameo de Butler teniendo en cuenta que la historia se lleva a cabo en su mayoría al mismo tiempo que los acontecimientos de la primera película. Está siendo comercializada como una secuela, pero Rise of an Empire se describe más exactamente como una extensión del universo de 300, como si fuera un contenido descargable de un videojuego. 

Y ya que tocamos el tema de los videojuegos, Noam Murro, quien asume el control de la silla del director en lugar de Zack Snyder, utiliza un esquema visual similar al de los videojuegos, con todas las tomas siendo digitalmente asistidas, con rebosantes campos de batalla y sangre que sale a borbotones de las arterias carótidas. Esta estética era algo único cuando la 300 original salió en 2006, pero siete años después, ya no es una novedad significativa. Al menos una secuencia a gran escala, abordo de un barco de madera en llamas y culminando con una visión surrealista de las serpientes de mar devorando a las víctimas, tiene una cierta grandeza, pero Murro no tiene el talento de Snyder, ya sea para la violencia o la velocidad.

Los críticos que llamaron a 300 una subyacente alegoría política encontrarán más de lo mismo aquí y los que se rieron del homoerotismo de la película original volverán a ver torsos de guerreros bien aceitados expresando discursos acerca de la fraternidad y el honor. Al mismo tiempo, Murro hace lo mejor para jugar con la dinámica lujuriosa entre Artemisia y Temístocles, cuyo mutuo respeto a las tácticas militares del otro ocultan una atracción palpable. Por arrojárse de cabeza en escenas por las que una actriz más cautelosa podría excusarse, Green se gana a sí misma una gran mención por su valor en una película que es demasiado sombría y gris para su propio bien. 


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domingo, 23 de febrero de 2014

Crítica: 12 Años Esclavo

12 Años Esclavo, de Steve McQueen, es una magnífica película angustiante que lleva a la pantalla grande una gran dramatización de la esclavitud en Estados Unidos. Basada en hechos reales, la cinta comienza en 1841, contándonos la historia de un hombre negro libre de Saratoga Springs, Nueva York. Su nombre es Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), un músico que se pasea con un traje gris elegante, seguro de la modestia cortesana de su vida como esposo y padre de dos hijos. Más adelante, acepta una oferta para ir a Washington, DC, con un par de actores de un circo que solicitan sus servicios debido a la escasez de talento musical en la región. Cuando están celebrando con vino en un restaurante, todos en la sala de cine tenemos esa sensación de que esto es demasiado bueno para ser verdad. Y en efecto, Solomon no fue contratado por sus talentos, sino para ser traficado.

Él despierta en una prisión cruda y fría, con una telaraña de cadenas de arresto en los brazos y piernas. Los traficantes lo drogaron y es enviado a Louisiana, donde será vendido como esclavo. Contemplando sus cadenas como si estuviera en un mal sueño del cual simplemente tendrá que despertar, el brillante Chiwetel Ejiofor nos sitúa justo dentro de la piel de Solomon, y al instante estamos compartiendo el horror en que la vida de este hombre se ha convertido.

El actor quizás tiene algunos de los ojos más elocuentes vistos en el mundo del cine actual. Son esferas de expresión pura, y en esta película tienen que ser así porque Solomon rara vez habla de lo que está sintiendo. Su mirada intensamente llena de agonía, no es solo la de un hombre privado de su libertad, sino también representa la renuncia a la desesperación. Pase lo que pase, hará lo posible por sobrevivir. A pesar de que conocerá la miseria, no caerá en la trampa de la locura y trascenderá.

El poder de escaldado del arte de McQueen comienza con el hecho de que Solomon no nació en la esclavitud humana para atraernos a la experiencia de opresión y explotación. Él tiene que aprender a responder a los insultos y azotes con el silencio, y a fingir que es un adulador que no sabe leer ni escribir. La crueldad de ese proceso se convierte en el camino de la película de dramatizar la falta de naturalidad de la esclavitud.

12 Años Esclavo está basada en un libro que el propio Northup escribió sobre su terrible experiencia, y McQueen, trabajando con un excelente guión de John Ridley, ha estructurado la película como una serie diaria de incidentes. No hay arcos argumentales inventados para rellenar lo que estamos viendo. La aplastante realidad de la existencia del día a día de Solomon es todo el drama que la película necesita. Su primer año (Benedict Cumberbatch) revela algunos instintos humanos, como su conducta, la cual podría considerarse humanitaria. Pero entonces, después de mostrar demasiado orgullo, Solomon consigue ser vendido a Edwin Epps (Michael Fassbender), un propietario de plantaciones de algodón.

Él puede ver el fuego en el corazón de Solomon y es impulsado a quebrarlo. Cuando se entera de que Solomon trató de conseguir que un trabajador blanco enviara una carta al norte para explicar su situación, lo sostiene de la camisa, observándolo muy de cerca y diciéndole que sabe lo que está pasando. Solomon enfrenta la situación con una mentira ingeniosa que debe sostener durante varios minutos, sin temblar y mirando directamente a su supervisor. 

Edwin tiene una obsesión con Patsey (Lupita Nyong'o), la esclava que recoge más algodón cada día que cualquier otro y con quien desquita sus deseos sexuales con regularidad. Su relación se convierte en parte de un triángulo degradado, ya que la esposa de Edwin (Sarah Paulson) es consciente de su fijación. Debido a sus celos, y para disgusto de Edwin a sus propios deseos, Patsey es sometida a los tormentos del infierno con una de las escenas de azotes con látigos más gráficas que hayamos visto en mucho tiempo. Cabe destacar que la actuación de Nyong'o aquí es aplastante.

Pero el extraordinario desempeño de Ejiofor es lo que hace que la película se mantenga íntegra. Él le da a Solomon una fuerza interior profunda, aunque nunca suaviza la pesadilla de su existencia. Su dolor definitivo no son los golpes o la humillación. Se trata de ser arrancado y alejado de su familia y de todo lo que él es. 12 Años Esclavo nos permite apreciar el pecado de Estados Unidos con los ojos abiertos, siendo una película que logra tocar varias emociones y que nos permite apreciar las maravillas del mundo actual libre.


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martes, 18 de febrero de 2014

Crítica: Winter's Tale

Winter's Tale es algo diferente. Es un romance con elementos fantásticos, completamente carente de cinismo y que se dirige directamente a las emociones y problemas más profundos de la vida como el amor, la muerte, y el tiempo, sin preocuparse de si el público lo creerá o incluso, si se echará a reír. Es en parte un fracaso, pero al final sale victoriosa gracias a que la aspiración de la película es tan enorme, que es suficiente para brindar una nueva experiencia conmovedora.

Las fallas de la cinta muy probablemente se atribuyan al argumento, basado en la novela de Mark Helprin y que nos habla sobre un ladrón que se enamora de una chica enferma de tuberculosis en la ciudad de Nueva York de 1916. Pero no, la historia no es la culpable, y tampoco lo es el guión escrito por el director y guionista Akiva Goldsman, o las propias actuaciones. No, la causa del problema aquí es la dirección, que es en muchos aspectos encantadora, pero es desigual en un detalle crucial.

Y es que Goldsman parece ser incapaz de encontrar un punto de equilibrio en la armonía de todos los elementos dispares de la historia: una fantasía, un cuento de hadas, una fábula moral sobrenatural y un escenario de la vieja Nueva York. Es el trabajo del director ir a la moda del universo específico en el que una historia puede tener sentido, y a veces Goldsman simplemente no lo hace, por lo que los cambios de la trama parecen discordantes. Pero también hay que aplaudir su esfuerzo, ya que con anterioridad solo dirigió algunos episodios de televisión y realmente tuvo una tarea difícil para su primer largometraje.

Dejando eso de lado, Goldsman hace una buena labor. Hay una escena clave al principio en donde el ladrón, Peter (Colin Farrell), quien al huir del jefe de la mafia de la ciudad (Russell Crowe), se encuentra con la joven heredera, Beverly (Jessica Brown Findlay), mientras se encontraba robando su casa. Su espíritu de conexión casi instantánea se vuelve creíble porque ambos, a su manera, están desesperados por seguir con vida y cada uno ve al otro como la encarnación de la promesa de la vida.

Beverly es una gran creación. Con solo 21 años y viviendo con una sentencia de muerte por su condición, ella afirma que mientras más enferma está una persona, más se da cuenta ésta que todo está conectado por la luz. En cierto sentido, ella está a la mitad del camino entre dos mundos. Este tipo de carnalidad etérea siempre es eficaz en las películas, por lo menos con la actriz correcta, y la recién llegada, Findlay, fue perfectamente moldeada. Ella hace que el trabajo de Farrell sea fácil, ya que él sólo tiene que permanecer abierto y permitir que Peter sea testigo de un resplandor.

Este resplandor se vuelve tangible en el arte de creación de la película, que hace que los actores se vean como figuras de cristal tallado y que brillan intensamente con el telón de fondo. Incluso las escenas de noche se iluminan con la luz azul-verde de una luna Hollywoodense y transmiten la sensación de magia en medio de las cosas. Para los primeros dos tercios de su tiempo de ejecución, Winter's Tale es así y nada sale mal, pero después, en el final, las cosas se tornan extrañas, con una rareza en su tono y algunos elementos de la historia que son inverosímiles. 

Manteniendo íntegro a su personaje en medio de los cambios y giros, Farrell logra que el hilo emocional (e incluso la propia película) siga vivo. A pesar de ser un ladrón, Peter es un personaje de completa pureza y honestidad, y es un placer ver cómo Farrell lo interpreta, ya sea en la única escena de amor de la cinta o en sus conversaciones con otros actores. No importa con quién dialogue, se puede ver el esfuerzo del actor, gracias a algunas pausas, por decir lo más cierto de la manera más simple. Estas son virtudes muy fuertes y fácilmente compensan algunas de las rarezas del último tramo del filme. 


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lunes, 10 de febrero de 2014

Crítica: Philomena

En Philomena, Judi Dench retrata a una terca, y muy católica, señora de edad avanzada proveniente de Irlanda, quien se vio obligada a abandonar a su hijo cuando aún era una adolescente. Uno de los temas principales de esta película de Stephen Frears es el perdón. El papel de Philomena Lee por parte de Dench brilla con el resplandor de una persona serena en su fe a pesar del trato inhumano por parte de la iglesia y el hecho de que te haga creer que su personaje tiene la capacidad de perdonar, brinda a la película un sólido núcleo moral.

La digna actuación de Dench, junto con el guión adaptado por su co-estrella, Steve Coogan y Jeff Pope del libro de 2009 de Martin Sixsmith llamado The Lost Child of Philomena Lee (basado en hechos reales), estabiliza una mezcla volátil de ingredientes. En manos menos seguras, la película pudo haber sido un drama empalagoso y poco sólido. 

Philomena tiene varias facetas. Es un filme que sigue el viaje de dos personas, una historia de detectives y una investigación sobre la fe y las limitaciones de la razón. Es tan sofisticado en cuanto asuntos espirituales, que se esfuerza en distinguir la fe de la piedad institucionalizada. 

También tiene un sorprendente subtexto político en su comparación de la opresión y el castigo de la iglesia sobre el sexo fuera del matrimonio, algo que una de las duras madres del convento donde estuvo la protagonista en su adolescencia califica como incontinencia carnal, con la homofobia y la renuencia del gobierno de los Estados Unidos para hacer frente a la crisis del SIDA en la década de los 80. Philomena recuerda sentir que su hijo, incluso siendo aún un infante, crecería para ser gay.

Judi Dench, quien está más acostumbrada a papeles de figuras femeninas autoritarias, sabe exactamente qué tan lejos empujar la ternura inherente de su papel sin caer en una broma. Su Philomena, a pesar de su puritanismo superficial, tímidamente confiesa que tiene recuerdos felices, libres de culpa del asunto amoroso que la hizo meterse en problemas. Aún más sorprendente, es que profesa una aceptación de la homosexualidad. Su ecuanimidad sobre el tema puede ser un poco exagerada dada su edad y su entorno, pero su espíritu independiente sugiere que tal actitud no está más allá del reino de lo posible.

La joven Philomena, interpretada por Sophie Kennedy Clark, se embaraza en 1952 y es enviada a un convento en Roscrea, Irlanda. Ahí pasa "esclava" varios años haciendo mano de obra en la lavandería como castigo y compensación a las monjas que cuidaron de ella durante el parto. Estas lavanderías en los conventos, que parecen más como cárceles, es a donde los padres avergonzados mandaban a sus hijas desobedientes y fueron tema de la película del 2002 de Peter Mullan, The Magdalene Sisters.

Las jovenes que ahí conviven, pueden ver a sus hijos solo una hora al día y Philomena es obligada a firmar un contrato en donde acepta nunca investigar el paradero del suyo. En la escena más angustiosa de la película, se le observa mirar desde una ventana del convento como es que su hijo, Anthony, es llevado en un coche por una acaudalada pareja estadounidenses. El niño de 3 años de edad había sido vendido por 1,000 libras.

Cincuenta años después, Philomena, a sus setenta y tantos años, conoce a Martin Sixsmith (Steve Coogan), quien alguna vez fue corresponsal en el extranjero para la BBC y que ahora está obligado a ganarse la vida con las tareas del periodismo independiente. Martin, siendo cínico y ateo, convence a una Philomena inicialmente reacia a cooperar con él para escribir un artículo de revista sobre su historia. Cuando ambos visitan el convento, se les informa fríamente que todos los registros de la época fueron destruidos en un incendio.

La película amplía su enfoque cuando el trabajo detectivesco de Martin revela el probable paradero de Anthony, quien trabajaba para el gobierno de Reagan. Philomena insiste en acompañarlo cuando él decide volar a Washington. El filme no puede resistirse a la búsqueda de la comedia en este dúo poco probable. Philomena, una devota de las novelas románticas, prueba la paciencia de Martin al contarle las tramas de las libros que lee o, en lugar de visitar el Monumento a Lincoln, prefiere ver la película Big Momma’s House en la televisión del hotel. Martin es arrogante y raya en lo tosco en su búsqueda de la historia, con Coogan haciendo un trabajo impresionante al silenciar sus instintos de comediante al pintarlo como alguien intimidante.

A pesar de que existen momentos improbables y cambios bruscos de ritmo y tono, Dench y Coogan sostienen la película juntos y empujan hacia adelante una historia que termina donde comenzó. Al dar el mismo peso al escepticismo de Martin y a la fe de Philomena, la cinta se las arregla para tener su propio pastel y comérselo. 


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domingo, 2 de febrero de 2014

Crítica: El Heredero del Diablo

Lo mejor que se puede decir de El Heredero del Diablo es que, a diferencia de tantos proyectos baratos de la temporada baja, sus creadores al menos parecen respetar las costumbres e historia del género. Tomando como base a Rosemary’s Baby, que bien podría contar como un remake, la película gasta mucho esfuerzo construyendo algunas escenas de delirio y determinando concretamente la logística de su estilo de cámara al más puro estilo de La Bruja de Blair. Sin embargo, ofrece muy poco en términos de sustos reales o personajes cautivadores, y mucho menos en el aspecto de ideas originales.

Los dos protagonistas de la película son unos recién casados, Zach (Zach Gilford) y Samantha (Allison Miller ), cuya luna de miel decidieron pasarla en República Dominicana. Zach es un camarógrafo empedernido, como él mismo explica a detalle en una especie de pequeño monólogo desde el principio, y con una pequeña cámara, él y Samantha se aventuran a la vida nocturna de Santo Domingo. Después de una visita desastrosa a una vidente, los dos terminan perdidos en calles desconocidas, sólo para ser rescatados por un taxista prepotente (Roger Payano) que los transporta a un club subterráneo en las afueras de la ciudad, donde proceden a ponerse borrachos al punto de desmayarse.

Despertando en su hotel sin recordar en qué acabó la fiesta, la pareja regresa a casa y Samantha pronto descubre que está embarazada. No pasa mucho tiempo para que su embarazo comience a ir en direcciones nunca imaginadas, en las que los directores, Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, empiezan a lanzar escenas y elementos dignos de Roman Polanski, como el consumo de carne cruda, los peculiares regalos paganos, los accidentes de tráfico, las anomalías oculares y el nuevo obstetra espeluznante, por nombrar solo algunas.



La cinta tiene una desviación significativa de la fórmula de Polanski al cambiar la perspectiva de la futura madre con el padre y con Zach finalmente comenzando a investigar los extraños sucesos. En manos más emprendedoras, esto podría haber sido potencialmente una subversión inteligente de las actitudes comunes en los actos de comedia masculinos, impregnando todos los característicos cambios de humor femeninos con atributos verdaderamente siniestros.

El cambio en el punto de vista simplemente aleja a la cinta de la profunda paranoia que hizo a Rosemary’s Baby tan eficaz. Samantha deja de ser un personaje totalmente humano un poco después de la mitad, lo que priva en gran parte a la película de su actriz más carismática. Gilford es suficientemente tolerable, pero su personaje se dibuja en una capa tan delgada que incluso nunca conocemos cuál es su profesión.

Los baches en la trama son numerosos, pero ninguno es más irritante que la ineficiencia de Zach para ver alguno de sus videos que graba a todas horas hasta que realmente es demasiado tarde. Y a pesar de que los directores suben de intensidad para un final espeluznante, no logran construir un temor previo a estos fuegos artificiales, convirtiendo la película en un popurrí de ideas individuales interesantes que nunca logran ser coherentes a algo verdaderamente inquietante.

En un nivel técnico, El Heredero del Diablo luce y suena mejor que la mayoría de películas del mismo género. Los directores logran un buen efecto, sobretodo al ampliar gradualmente las fuentes de su material de archivo, partiendo desde una vista en primera persona y con cámara de mano, hasta recoger transmisiones de un circuito cerrado de seguridad. Las locaciones de Louisiana y República Dominicana también son bien exploradas, aunque en muchas ocasiones, las decisiones musicales son bastante extrañas, y el uso de una melodía de Brenton Wood durante los créditos finales, provoca más confusión y miradas escépticas que el giro final que le precede. 


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lunes, 27 de enero de 2014

Crítica: La Ladrona de Libros

El bestseller internacional de Markus Zusak, La Ladrona de Libros, ha sido llevado a la pantalla grande con una eficacia tranquila y sabor meticuloso por el director Brian Percival y el escritor Michael Petroni. Esta historia de la Alemania nazi vista desde la perspectiva de una niña, se traduce en un drama sólidamente atractivo, aunque quizá no lo suficientemente llamativo o épico para abrirse paso en las primeras filas de los contendientes a los premios de la temporada. Alentado por los fans de la novela, el lanzamiento de Fox ha recibido buenas críticas y es equiparable a dramas de escala media de la Segunda Guerra Mundial como The Reader y The Pianist.

Petroni simplifica o elimina algunos personajes secundarios sin comprometer la esencia del libro. Al igual que en él, la historia es narrada por la Muerte misma (con la voz de Roger Allam), quien menciona al inicio que rara vez se involucra con los vivos, pero que tomó un interés particular en la joven Liesel Meminger (Sophie Nelisse). A ella se le ve por primera vez en una escena de 1938, donde va en un tren con su familia hacia un destino al que su hermano y madre nunca llegarán, ya que él tiene una grave enfermedad y ella es arrestada por sus inclinaciones comunistas. Así, Liesel llega sola a las puertas de sus nuevos padres adoptivos, un pintor de brocha gorda, Hans Hubermann (Geoffrey Rush), y su siempre dominante esposa, Rosa (Emily Watson).

Cuando se descubre que Liesel es analfabeta, lo que hace que sus compañeros de escuela se burlen de ella, Hans, amablemente, crea un juego para enseñarle a leer. El primer libro que conquistan es uno que ella tomó cuando se cayó de la chaqueta de un trabajador en el funeral de su hermano: El Manual del Sepulturero. Más tarde, ella se atreve a rescatar otro de una quema de libros durante un mitin nazi. Este acto atrae la atención de la solitaria esposa del alcalde de la ciudad, Frau Hermann (Barbara Auer), quien más tarde permite a Liesel, de manera clandestina, utilizar la biblioteca personal de su difunto hijo durante sus entregas de lavandería semanales en su imponente mansión.

En contraste, los Hubermann apenas logran sobrevivir gracias al servicio de lavado y planchado de Rosa y a los encargos de Hans, de quien sabemos durante la película que no cuenta con un gran empleo debido a su negativa a unirse al "Partido". Mientras pasa el tiempo y las privaciones de la guerra crecen más, su situación interna se vuelve más peligrosa con la llegada de Max Vandenburg (Ben Schnetzer), el hijo fugitivo de un compañero judío que salvó la vida de Hans durante la Primer Guerra Mundial. Moralmente, la familia está obligada a ocultar al joven de las autoridades y a curar sus heridas, pero crea un gran vínculo con Liesel. Ella jura no decir nada a nadie de su secreto, ni siquiera a su mejor amigo y vecino Rudy (Nico Liersch), aunque varias veces, la información se ve terriblemente cerca de ser revelada. 

En la película encontramos algunas escenas de ataques aéreos, de una búsqueda preocupante casa por casa por los oficiales nazis, de la segunda enfermedad grave de Max y de la respuesta histérica de Liesel cuando los prisioneros judíos marchan por la ciudad. Sin embargo, La Ladrona de Libros abarca estos años de guerra desde un punto de vista microscópico y rara vez va más allá de los personajes principales. Percival y Petroni se niegan a inflar artificialmente los puntos clave de la historia con fines melodramáticos o lacrimógenos. De la misma manera, dicha restricción inteligente puede parecerle a algunos como demasiado ecuánime y de ritmo lento.

Contribuciones de diseño impecable son destacadas por el sombrío y hermoso lente de Florian Ballhaus. La excelente música es creada por John Williams y representa su primera obra destacada en años para un director que no sea Steven Spielberg. Pero al final, las auténticas sorpresas de la película son los actores de sus dos protagonistas infantiles, Nelisse y Liersch, ya que previamente no habían aparecido en proyectos de tal magnitud. Ambos logran que la cinta transmita verdad por medio de interpretaciones que consiguen superar las limitaciones del guión para crear una conexión emocional entre lo que sucede en la pantalla y el espectador.


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